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  • 27 mar 2025

Cómo reconocer y evitar las trampas psicológicas más comunes en la toma de decisiones

Las trampas psicológicas del juego son como esas arañas del desierto: no las ves hasta que ya te han mordido.

24 marzo 2025

Me pasé toda la noche del sábado dándole vueltas a por qué narices había vuelto a caer en la misma trampa de siempre. Estaba revisando https://frumzi.bet/ para un artículo sobre estrategias y, sin darme cuenta, me vi apostando "solo para probar la experiencia". Tres horas y 120 euros después, ahí estaba yo, mirando el techo de mi habitación y preguntándome cómo un tío con dos dedos de frente (yo) acababa siempre cayendo en los mismos patrones autodestructivos. Y es que las trampas psicológicas del juego son como esas arañas del desierto: no las ves hasta que ya te han mordido.

La falacia del jugador, o cómo mi cerebro me la juega siempre

Mi colega Rubén, que da clases de matemáticas en un instituto, se partió el culo cuando le conté mi "estrategia infalible" para la ruleta en Frumzi. Le expliqué todo convencido que después de 5 negros seguidos, había que apostar fuerte al rojo porque "las probabilidades se equilibran".

"Tío, ¿tú eres tonto o te lo haces?", me soltó entre risas. "La ruleta no tiene memoria. Cada tirada es independiente. ¿Tú crees que la bolita sabe lo que salió antes?"

Pues resulta que sí, que era tonto. Mi cerebro, ese traidor, estaba cayendo en la "falacia del jugador": creer que los sucesos aleatorios pasados influyen en los futuros. Es como pensar que después de sacar 5 caras seguidas al lanzar una moneda, hay más probabilidades de que salga cruz. Spoiler: las probabilidades siguen siendo 50/50, por mucho que nuestra intuición nos diga lo contrario.

Mi tía Concha y su "sistema" de la lotería

Esto me recuerda a mi tía Concha y su sistema para elegir números de lotería. La buena señora (que en paz descanse) se pasó 40 años apuntando todos los números que salían en el sorteo para "detectar patrones".

"Este 23 ya ha salido demasiadas veces este año, no va a volver a salir", decía mientras tachaba números en su libreta desgastada.

Cuando intenté explicarle que los números no se cansan de salir, me miró como si le estuviera hablando en chino. Y lo peor es que una parte de mí entendía perfectamente su lógica, aunque supiera que era un disparate matemático.

El efecto de "casi gano", o por qué sigo jugando cuando pierdo

El mes pasado, estando en casa de mi primo Miguel, le vi enganchado a un juego de tragaperras en Frumzi. Después de media hora perdiendo, le pregunté por qué narices seguía.

"¿No lo ves? ¡Estoy rozando el premio gordo! Mira, casi saco tres 7 seguidos".

Casi. Esa es la palabra clave. Mi cerebro y el de Miguel están programados para darle un valor especial a los "casi aciertos", como si estuviéramos más cerca de ganar.

Lo que no sabíamos entonces es que los juegos están diseñados específicamente para generar muchas de estas situaciones de "casi gano", porque mantienen enganchado al jugador mucho más que las derrotas claras.

El experimento del pobre Juanito

Hace unos meses hice un experimento casero con mi sobrino Juanito, de 7 años. Le propuse un juego: si sacaba un 6 al tirar el dado, le daba un euro. Después de 10 tiradas sin éxito, le dije:

"Mira, vamos a cambiar las reglas. Ahora ganas si sacas un 6, pero también si sacas un 5, porque casi es un 6".

El crío se emocionó y siguió tirando con renovado entusiasmo. Cuando le pregunté después si le había gustado más la segunda parte del juego, me dijo que sí, "porque estuve a punto de ganar muchas veces".

La realidad es que sus probabilidades seguían siendo exactamente las mismas (bueno, mejores con la nueva regla, obviamente). Pero la sensación de estar cerca del premio le mantuvo motivado.

Mi vergonzoso síndrome del "dinero de la casa"

Estábamos celebrando el cumpleaños de Laura en un local que tenía unas máquinas recreativas al fondo. Después de unas cervezas, metí 5 euros y, para mi sorpresa, salí con 20. ¿Qué crees que hice entonces? Exacto, me lo jugué todo otra vez y perdí hasta el último céntimo.

"Bah, era dinero de la casa", me justifiqué.

Y ahí está otra trampa mental clásica que veo cada dos por tres en Frumzi: el "síndrome del dinero de la casa". Cuando ganamos, no consideramos ese dinero como nuestro, sino como "dinero extra" que podemos permitirnos perder. ¿El resultado? Tomar riesgos absurdos que nunca tomaríamos con nuestro "dinero real".

La libreta del terror

Después de varias experiencias similares, empecé a llevar lo que mi novia llama "la libreta del terror": un registro detallado de cada euro que gano y pierdo jugando. Fue una hostia de realidad.

"¿Me estás diciendo que has perdido 340 euros en tres meses?", me preguntó una noche mientras revisaba mis cuentas.

Verlo negro sobre blanco fue revelador. Resulta que el "dinero de la casa" era, en realidad, MI dinero. Y se estaba yendo por el desagüe a una velocidad alarmante.

Tres trucos cutres pero efectivos que aprendí a hostias

Después de tropezar mil veces con las mismas piedras en Frumzi y otros sitios, he desarrollado tres estrategias que, aunque parezcan de Perogrullo, me han salvado de más de un disgusto:

  1. La regla del cajero automático: Antes de jugar, me imagino que estoy sacando ese dinero del cajero específicamente para tirarlo por el retrete. Si la imagen me provoca dolor, significa que no debería arriesgar esa cantidad.

  2. El temporizador del móvil: Pongo una alarma para 30 minutos. Cuando suena, me obligo a parar y salir a dar una vuelta. El 90% de las veces, al volver ya no tengo ganas de seguir jugando.

  3. El compañero tocapelotas: Le he dado permiso a mi colega Javi para que me dé un collejazo virtual (un mensaje humillante) si me pilla jugando después de la 1 de la madrugada. Funciona sorprendentemente bien.

Y eso es todo. No soy psicólogo ni experto, solo un tipo que ha caído en todos los pozos posibles y va aprendiendo a base de chichones. Como decía mi abuelo: "No es más listo el que no se equivoca, sino el que no repite el mismo error tres veces". En mi caso, necesité bastantes más de tres, pero bueno, mejor tarde que nunca.

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